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Se me hace un nudo en la garganta

me aprieta por dentro

no puedo respirar

me explota el pecho

el corazón no para de golpear

golpea a la puerta del muro interior

que se agranda y me aprisiona

y aun así

no sé

no tengo la más remota idea

de qué me pasa …

—No sé qué me pasa —me dices—. No puedo seguir así.

La vida se hace insoportable. No puedo relacionarme, no puedo hablar, no puedo hacer lo que quiero porque … no sé. Simplemente no puedo.

Exploramos esa sensación corporal. Sin juzgarla. Sin intentar hacerla desaparecer. Y poco a poco empiezas a descubrir algo más de ti.

—¡Qué tonto! —piensas de ti cuando comienzas a comprenderte mejor.

No, querido ser humano. Tus pensamientos, tu desesperación, tus reacciones no son de tonto. Son respuestas de tu sistema nervioso. Tu cuerpo detecta peligro, aunque tú no encuentres una razón para tener miedo.

A veces, experiencias del pasado pueden haber dejado huellas muy profundas. Una mirada, un tono de voz, una situación concreta o incluso algo aparentemente insignificante puede activar una respuesta de alarma, aunque hoy no exista un peligro real. Entonces puede comenzar la cadena: una sensación corporal provoca un pensamiento; ese pensamiento genera una nueva reacción corporal, que a su vez alimenta otro pensamiento más amenazante. Y de repente aparece el bloqueo total: ¡Tierra, trágame!

 

—Deja de luchar contra ti —te digo—. Tu cerebro y tu cuerpo todavía no reconocen del todo que ahora están a salvo. Vamos a ayudarlos a calmarse con mucho cariño, con paciencia, hasta que entiendan que ya no hay peligro.

—Es un proceso —te reitero—. Cuanto más luchas contra tu respuesta corporal, más difícil puede resultar que se calme. Cuanto más rechazas tus sensaciones, más crecen tu inseguridad, el miedo y el desconcierto. Es como la pescadilla que se muerde la cola.

Me miras, asientes con la cabeza. Tus ojos se humedecen de compasión contigo. Tu corazón se ablanda al mirar el teatro que internamente se juega sin tu conocimiento.

—Cuando un amigo tiene miedo o se siente inseguro por el motivo que sea: ¿le hablas con cariño o le dices que es tonto? ¿Le gritas o le hablas con ternura?

—Y a ti mismo, ¿cómo te hablas?

¡No sientas!

¡No hables!

¡No calles!

¡No llores!

¡No cantes!

¡No hagas!

Si no … ¡no te van a querer!

Y te quedarás solo.

El miedo dejó su huella en tu cuerpo.

¿Y sabes? Lo que más necesita tu miedo es lo que siempre creías necesitar de los demás: cariño, comprensión, amor.

¡Hola miedo! Aquí estoy para escucharte por fin.

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Estimado lector, estimada lectora: Este artículo también lo encuentras en alemán aquí.

Fotos de: Nikita Kozlov y M. en Unsplash