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A fuera, en la vida,

soy silencioso como un ratón.

No me expreso, me achico

me trago mi descontento.

Luego llego a casa,

a mi dulce hogar.

Pero de tanto y tanto tragar,

empieza a hervir,

empieza a bullir,

hasta que estalla.

Hasta que ya nada contiene la presión.

¡Basta!

Ya no quiero ser un monstruo

que todo se lo traga,

para luego escupirlo 

con fuego y espada.

¡Cuánto nos pasa eso de descargar nuestro descontento sobre otras personas! Por lo general, lo pagamos con las parejas, los padres, los seres más queridos. Aquellos que siempre nos van a perdonar.

Con este tema veniste a mí. Con apenas veinte años ya tienes la consciencia y el deseo de cambiar algo en ti. Pregunto por situaciones en los que te carcome la ira. Me cuentas que eres capaz de estallar por una minucia: una simple sartén vieja donde la comida se queda pegada.

En el trabajo, dices, tienes que agachar la cabeza. Los compañeros mayores creen que llevan la sartén por el mango. ¿Qué vas a decirles tú como novato que eres? Sin embargo, sabes que tienes razón.

¿Acaso se permite hablar en esas situaciones?

Quizás no se trate de eso. Abordamos dos temas importantes. Primero: tu rectitud. Sostener tu propia dignidad. Aunque no se te permite hablar, tienes derecho a mantenerte erguido. No tienes que encorvarte ni hacerte pequeño. Ni siquiera cuando callas por precaución.

Segundo: Los comentarios humillantes. ¡Nada es personal!, te digo. Porque las otras personas, por muy adultas que parezcan, luchan exactamente igual con sus propios miedos a ser rechazadas o a cometer errores. Lo sabes. Lo conoces. Incluso lo comprendes.

Pero tragar te enferma. La ansiedad se vuelve insoportable, como una olla a presión: si la válvula no puede liberar el vapor, terminará por explotar en algún momento.

¿Qué podemos hacer ahora para transformar esto? Dices que te propones muchas cosas para cambiar, pero luego no las haces. Escucho mucha autoexigencia en tus palabras. Siento tu autocrítica. Necesito adentrarme un poco más en tu estructura de pensamientos.

—¿Eres muy responsable?

—No —respondes de inmediato.

Me sorprende tu respuesta. Indago más: —En el trabajo quieres hacerlo todo bien, según he oído. ¿Es así?

—Sí, es verdad. Pero eso es en el trabajo.

—¿Y cómo es alguien que quiere hacerlo todo bien?

Sonríes. Tu mirada bondadosa esconde una profunda tristeza. —Un perfeccionista —dices encogiéndote de hombros. Un «pero» silencioso se queda flotando en el aire. Me permito preguntar:

—¿Pero…?

—Luego no hago nada. En la vida real. No hago nada de lo que debería hacer.

En nuestra conversación me cuentas que también en los encuentros sociales te quedas callado en cuanto sales de tu círculo más íntimo. No dejas salir ni una sola palabra. Tu timidez gana la partida.

Trabajamos con el cuerpo. Te propongo enraizarte. Grounding. Aceptas. Sientes timidez, aparece una risa nerviosa que tú mismo te criticas. Te hablo con un tono suave. Todo está permitido. Está bien que te rías, está bien que te sientas raro. Te explico los detalles de la técnica respiratoria: respiración abdominal, relajar el diafragma, expandir el tórax, llegar hasta la clavícula. Soltar. Relajar la mandíbula, abrir los labios, dejar la lengua floja. Suspirar, sacudirse…

Te da la risa. Posiblemente te resulte extraño. Lo nombro: si te ocurre, no pasa nada. Estás invitado a probar estos movimientos en casa. También el tensar y soltar. En el coche, además, puedes liberar un grito. Ese grito que tanto necesitas y que, de lo contrario, se lo llevan tu madre y tu hermano cuando ya no puedes más.

Las emociones tienen derecho a ser; o mejor dicho: necesitan tener su lugar. Tienen que salir, tienen que encontrar una vía para descargarse. Cargamos demasiado peso sobre nuestros hombros que no nos pertenece. Nos embutimos en un corsé, creyendo que no podemos ser como somos. No nos damos permiso para la expresión espontánea. «¡Eso no es correcto!», «Mira, se hace así…» o «¡Yo lo veo de otra manera!»: creemos que ni siquiera eso podemos decir. ¡Y no se te ocurra reírte! Alguien podría sentirse ofendido.

Pero si te atacas a ti mismo, ¿le importará a alguien?

¡Exacto! Solo te puede importar a ti. Porque solo tú puedes darte la importancia que mereces. Y mantenerte erguido. Mostrar con dignidad tu propio ser, tu pensamiento, tu conocimiento y tu sentir. O, al menos, concederles un espacio aunque no quieras compartirlo.

Inhalamos hondo: a través del abdomen, el pecho, hasta la clavícula. Algo cambia en ti. Exhalas profundamente, hasta sentir los pies bien arraigados. Lo repites hasta que la espiración sirve como un pararrayos para descargarte. Comienzas a sentir el cambio en tu sistema nervioso.

—¿Y si viene mi padre a machacarme porque he cometido un error? ¡Es imposible enraizarme si no para de acusarme!

En la sesión también exploramos algunos movimientos de judo. Si alguien va directo a tu cuello, tienes derecho a desviarlo. Tienes derecho a protegerte y a poner límites. Ya no eres un niño indefenso: ahora eres un adulto que tiene permiso para defenderse.

Pero todo esto es un proceso. Exige paciencia, práctica y, sobre todo: una delicadeza radical hacia ti mismo. Y sí, eso es probablemente lo más difícil: soltar los hilos invisibles de la marioneta y bajar de la percha que llevas en el cuello. Sentir de nuevo el suelo firme bajo los pies. Deja tu pelvis oscilar, mantén las rodillas flojas y respira hondo. Presta atención a tu sensación corporal. Tómate en serio. Acéptate. Ámate, precisamente ahí, cuando la rabia ruge con fuerza en tu interior.

Puede ser un camino pedregoso, a veces empinado. A veces también te llevará hacia abajo. Pero lo que siempre será, en cuanto te pongas en marcha: un camino.

Tu camino.

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Estimado lector, estimada lectora: Este artículo también lo encuentras en alemán aquí.

Fotos de: Reza Gholipour, Duane Mendes y Frames For Your Heart en Unsplash